Alberto está muerto y ya no puede disimularlo. Su lamentable estado de descomposición es cada vez más notable; ni el maquillaje ni el perfume logran esconder su condición. Renuncia a su trabajo para desaparecer en los confines de su muerte, pero no si antes formar una inusual amistad con Silvia, la gerenta del gimnasio 24 horas donde es guardia nocturno.